Recordando lo que en realidad importa

A veces se pierde la frescura, la espontaneidad, en un intento casi absurdo de controlar todo. Pero de eso (gracias a dios) no se trata la vida. La vida se tratará siempre de sorpresas, de lo no planeado, incluso de los deseos ocultos o de las cosas que nunca se pronunciaron en voz alta.

Estaba leyendo un libro que caló bastante hondo en mí por el momento que vivía. Me dio algunas claves que hasta ahora no había dilucidado. Propagó en mí, lo que siempre he sido y en los últimos meses había detenido: la profunda libertad para encontrar lo mejor de cada momento, sin tanto rollo de por medio…digamos, por el simple placer de hacerlo.

Lo estaba leyendo atentamente, en la mesa de un café que en ese momento de la mañana, mientras esperaba a un amigo, no tenía más mesas libres. Una chica de 19 o 20 años y buena pinta se me acercó preguntando si podía ocupar la silla vacía del frente por unos minutos (creo que también esperaba a alguien). Así que se sentó y yo seguí leyendo. Nunca me ha provocado mantener conversaciones con desconocidos y no planeaba comenzar ahora.

-    ¿Qué lees?

Lo hizo con tal naturalidad, que aunque en otra circunstancia, probablemente hubiera tan solo murmurado algo como para que se entienda “no me gusta que me molesten”, esta vez me provocó contestarle. Además, me parecía que no estaba mal compartir la buena vibra del libro (“Comer, Rezar, Amar”) aunque sea con una simple desconocida. Y creo que lo conseguí. Hablamos quince o veinte minutos sin darnos cuenta hasta que sonó mi teléfono y tuve que pedir la cuenta porque el lugar de mi encuentro varió y me esperaban en otro lado.

Tuve que despedirme no sin cierta pena. Era una de las conversaciones más sinceras que había tenido en mucho tiempo. No necesitaba probar o fingir nada, el universo de una persona casi 10 años menor que yo, se había cruzado por un momento con el mío. No sé si hubo un objetivo concreto. Si tal vez y sin darme cuenta, la ayudé, si ella solo necesitaba hablar con alguien en ese preciso instante. O, ¿por qué no?, esa persona estuvo allí por unos minutos, para que yo recordara partes de mí que había olvidado. Para ser más específica, esa soltura que a veces se pierde o pospone en aras de protegerse, ese levantarse una mañana sin ganas de analizar o resolver las cosas, sin llevar todo al terreno de la seriedad, ese dejarse llevar de vez en cuando sin pensar demasiado en el mañana.

Si olvido todo eso, dejaré de ser yo.  Mi esencia tiene que ver con el disfrute, con importarme poco o nada lo que la gente piense, en tomar una decisión y llevarla hasta el final sin cargas. Eso, es cierto, me ha llevado a cometer ciertas locuras en mi vida. Viajes inesperados, citas perfectas que solo sobrevivieron un día, amistades espontáneas, noches agotadoras después de bailar miles de horas como si estuviera sola en mi habitación, trabajos de lo más diversos, e incluso pensar alguna vez que mi vida podía dedicarla tan solo al arte. No me arrepiento de nada, sonrío cada vez que uno de esos recuerdos viene a mi mente (y no son pocos).

Ésta es una declaración ante mí misma tras algunos días de caos: no dejaré mi esencia. No permitiré que el tiempo, las vivencias o el dolor me quiten o logren cambiar mi manera de ver el mundo. Tampoco me iré hacia el otro extremo, todo finalmente se trata de equilibrio y es bueno que comience a verlo de forma tan clara.  Como alguna vez, dijo uno de mis profesores preferidos de teatro (espero que se entienda): A la mierda los pastores, se acabó la navidad.

Mientras escribía, escuchaba esta canción y solo quería compartirla. No pude evitar contagiarme de su energía, además de recordarme uno de los mejores años nuevos que he tenido.

El equilibrio sí es posible

Hoy como siempre, almorcé con una amiga y nos fuimos a caminar un rato. Pero esta vez teníamos un objetivo diferente al de ayudar a nuestra digestión. En realidad, íbamos por esas ricas porciones de torta que desde su descubrimiento hace un par de años fueron un éxito.

Ella optó por una ópera de chocolate y yo por un encanelado (sin olvidar la crema y el fudge encima). Disfruté cada pedacito y también ella, a pesar de su culpabilidad porque en un mes se casa su hermana y está preocupada por cómo le quedará el vestido. Mientras yo saboreaba el exótico y húmedo bizcochito solo pensaba: De estas cosas simples se trata la vida.

Cuando estaba en la última cucharadita recordé que esta semana había sido bastante generosa conmigo misma. Ayer esperaba a una amiga en un restaurante de comida italiana y llevaba 20 minutos cuando decidí que si tenía que esperar otros 20, era mejor acompañarlos con algo.

Así que le pedí al mozo (un señor amabilísimo al que estuve a punto de adoptar como abuelito) que me trajera una porción de pan al ajo y una copita de sangría. Necesitaba celebrar, no sabía exactamente qué, pero me sentía en plan festivo. El pedido no tardó y para cuando mi amiga llegó nos animamos por una jarra completa. Además los caneloni con salsa blanca y roja me supieron a dioses.

caneloni

Ahora bien, para cualquiera esto puede ser bastante normal, pero tendríamos que hablar de los antecedentes. Hace poco más de un año, tuve una caída que me impidió hacer ejercicio por casi seis meses.

Cuando ya estaba casi recuperada, noté las consecuencias: me sentía pesada, mi azúcar estaba un tanto alta y mis pantalones apenas cerraban.  Así que un día me levanté de la cama y me dirigí sin pensar a la balanza. Allí estaban: seis kilos de más. Nunca, en mis casi 30 años, había llegado a ese peso. Lo decidí en dos segundos: no más postrecitos a media mañana (a media tarde y por la noche también), no más kentuckys, pizzas, hamburguesas, no más waffles con helado y fudge, no más comer hasta hartarme, no más repeticiones de ese “ají de gallina que te quedó tan rico, mamá”.

Desde ese momento mis aliados fueron las frutas, las ensaladas, el pan pita, el yogur descremado, las infusiones para acallar el hambre, el pollo y la trucha a la plancha. Un mes después comenzaba a sentir el avance. Solo faltaba retomar las salidas a correr por las mañanas. Tenía miedo que mi tobillo apenas recuperado no estuviera listo, pero un día, a eso de las seis de la mañana pensé: Es ahora o nunca.

Me mantuve bastante disciplinada con la comida sana y los ejercicios. Claro, me daba mis gustos de vez en cuando, pero trataba que no fueran más de un par de veces por semana. Con una maratón de por medio y casi sin darme cuenta, perdí los seis kilos que me sobraban y dos más como extra. Eso lo conseguí hace cuatro meses más o menos.

Sin embargo, el mes pasado cuando me repetía que nunca me había sentido en mejor estado físico -tal como me lo merecía por mi vanidad-, caí en cama con una amigdalitis espantosa, que luego pasó a ser faringitis acompañada (no podía ser de otro modo) de una gripe rebelde. El tema  terminó durando (con recaída incluida) tres semanas.  Nuevamente un largo periodo sin ejercicio.  Sin embargo, hasta ahora no parecen haber hecho mella (mis pantalones totalmente reconstruidos a dos tallas menos no se han quejado).

Sin embargo, ¿por qué no disfrutar una perfecta comida con amigos en donde no falta la risa hasta casi llorar? ¿Por qué no decir como hoy “no pensaré en las calorías, en el azúcar, en el nivel de grasa, en mis kilos, etc.? ¿Por qué no sentarse a pensar viendo por la ventana “qué horrible está este invierno” con una perfecta barra de chocolate haciéndote compañía y animándote? ¿Por qué no darte el gusto de un par de deliciosos cócteles mientras bailas a morir todo un sábado desde la tarde hasta poco más de la medianoche?

Y sí también, ¿por qué no hacer el esfuerzo y levantarte temprano (con el frío que hace) a hacer un poco de ejercicio y respirar el aire más puro que se puede tener en la ciudad antes que empiece todo el jaleo?, ¿por qué no renunciar al auto hoy y dar una larga caminata pensando en mil cosas y ninguna al mismo tiempo?, ¿por qué no disfrutar la ensalada más rica que has probado en la vida sabiendo que tu cuerpo te lo agradece?, ¿por qué no descubrir que no solo esas cosas tan “engordantes” son deliciosas, sino que ahora una simple fresa te sabe al mejor de los postres?

Es reconfortante haber descubierto muchas cosas en los últimos meses y es perfecto saber que en varios aspectos por fin encontré el equilibrio.

La esencia permanece

reflexion_aguaAyer por esas cosas que solo la tecnología ha conseguido, estuve hablando con un chico que conocí hace como 15 años y no lo veía desde entonces. Tal vez debería precisar que nunca lo conocí en realidad, estaba en mi colegio, y nos conocíamos de vista.

Sin embargo, ayer por primera vez sostuvimos una conversación inesperada por varias horas mientras cada uno frente a su computadora se dedicaba a otras tareas. En medio de los temas clásicos (¿a qué te dedicas?, ¿qué estudiaste?, ¿sales con alguien?, etc.) los recuerdos de la época en la que nos conocimos salieron a la luz.

En ese momento me di cuenta que hace mucho que no tenía tiempo o incluso ganas, para remover sucesos colegiales. Pero noté que también había otra razón, no me terminaba de reconocer en ellos.

Nos pasan muchas cosas entre los 15 y los 25 años, la universidad, nuevos amigos, la primera borrachera, la primera relación seria, el darte cuenta que las cosas no son exactamente cómo las imaginabas, los primeros trabajos, fracasos, triunfos, más relaciones, muchos incluso contraen matrimonio y “te vas haciendo”. Todo aquello va alimentando el adulto en el que finalmente te conviertes cuando dejas la adolescencia.

Cuando miras hacia atrás, a veces, como en mi caso lo veo todo tan lejano, que pareciera ser parte de otra vida.   Sin embargo no es así, tal como me dijo ayer este nuevo amigo: Nuestra esencia permanece.

Así es y lo agradezco. Existe una parte de nosotros, inmune a los golpes del camino que nos hace quiénes somos. Las amistades que guardo por años, incluyendo a mi mejor amiga desde los 12 años, así me lo hacen ver. Es de esta parte en nuestro interior de donde debemos cogernos cuando todo parezca gris o incluso cuando simplemente queramos darle un giro a nuestras vida.

Esas historias que no te pertenecen

La semana pasada me la pasé escuchando historias ajenas pero viviendo algunas también.  Fueron de esos días que nunca sabes cómo terminarán, pero cuando lo hacen tienes una sonrisa sin saber exactamente por qué.

Lo primero: estoy preocupada por una amiga. Me contó su historia. Del tipo que comienza con un gran “me enamoré” pero termina en decepción total. Escuché cada detalle, me sentí identificada (en otros tiempos), la abracé cuando lloró pero no hubo tiempo para más.

No alcanzó para darle el sermón que probablemente necesitaba escuchar. Aquel en el que escuchas lo malo que puede ser algo para ti, en el que está incluida la frase “no te merece” o cosas de ese tipo. Apenas si me alcanzó para decirle “déjalo ir”.

Imagino que es muy parecido a lo que las madres sienten (en menor medida por supuesto) cuando ven a sus hijos a punto de cometer un gran error. Quieres evitarle ese dolor, sabes cómo acabará todo (ya lo viviste) y estás segura que si esto continúa será peor.

Todo es fácilmente predecible. El “ex” en cuestión ya demostró que esta relación nunca va a funcionar, no tiene sentido luchar, pero una -de una manera casi masoquista- cree que aún es capaz de salvar algo. Cuando la verdad en el fondo es que ese “algo” ni siquiera vale la pena y no queremos verlo.

Por el lado contrario, podríamos deshacernos de todo eso y cambiarlo por buenos momentos. ¿Por qué preferir una noche entera llorando a una noche entera bailando con tus amigos? ¿Por qué nos aferramos a un tipo que ya nos hizo sentir tanto dolor cuando hay muchos chicos interesantes por conocer? ¿Por qué levantarte teniendo miedo del día que irás a pasar junto a él cuando puedes levantarte sabiendo que todo estará bien porque así lo has decidido?

Es difícil, nadie dice lo contrario. Cortar los lazos es doloroso, sientes que una parte de ti se va. Pero lo que no sabes es que pasado un tiempo (unas semanas, unos meses, unos años, el tiempo que una misma decida) todo eso se irá y habrá sido sustituido por mil cosas que sí valen la pena y que llegarán sin darte cuenta.

Quería escribir un poco sobre lo que viví pero mejor dedicarle este post a una amiga que lo necesita: Nadie mejor que yo para comprenderte (lo sabes) pero no desperdicies años de tu vida arrastrando dolor. Perdona y cierra esa puerta.

Comenzar el invierno es difícil

Tal vez sea, como dice una amiga, el clima. Eso de comenzar el invierno siempre es un poco difícil. Incluso para mí que he preferido siempre el frío al calor, la melancolía parece exigir su lugar en medio de la neblina.

Durante semanas, en especial para cuando hace poco me preparaba para una maratón, me levantaba a las seis de la mañana con una meta presente. Debía mejorar para no terminar a medio camino sin aliento. Pero la carrera ya pasó y ahora todo parece ser más difícil.

Cuando el despertador suena, la luz aún no tiene la fuerza suficiente para filtrarse entre mis cortinas y mientras separo la manta de mi cuerpo, siento escalofríos. Entonces, decido alargar un poco más los minutos y me ovillo en una esquina de la cama.

A veces pienso demasiado durante este tiempo, cuando me encuentro en medio de la somnolencia  y no termino de decidir qué hacer.

El verano estuvo lleno de actividad. Entre trabajo, playa, pequeños viajes, fiestas de cumpleaños parecía no haber tiempo para nada. Quedan las fotografías y los ecos de las risas.

En invierno hasta hacer planes parece ser más complicado y eso, a veces, me da un poco de miedo. Hay recuerdos que prefiero olvidar, hay momentos que quisiera desaparecieran, hay un dolor que se ha vuelto arduo de eliminar. Pero haré caso de lo que escuché y asumiré que es parte del retorno del invierno. En unos días cuando comience a acostumbrarme todo volverá a ser más fácil, por lo menos eso espero.

Una pausa siempre es necesaria

Hoy no es un buen día. Hoy me desperté a las 3 am dándole vueltas a los hechos sin encontrar una salida satisfactoria. ¿La amistad es una inversión? ¿Se trata de un mero sentimiento? ¿No hay forma de catalogarla? Tal vez no tendría sentido hacerlo. Pero a veces como ahora creo que es necesario.

Casi todas mis amistades (las verdaderas) pertenecen a una época en la que apenas me reconozco. Desde aquellos que me conocen cuando era flaquísima, de esas a las que les dicen “huesitos” cuando están sentadas en el patio de primaria,  hasta aquellos que datan de mis primeros años de la universidad. Digamos que son de aquellas amistades en que no hay necesidad alguna de  fingir, en todo caso sería de lo más absurdo.

Te han visto cuando ya llegaste a lo más bajo perdiendo tu dignidad (todas lo hemos hecho alguna vez si nos hemos enamorado) con ese novio que no te merecía o que no era para ti, hasta cuando fuiste la mujer más feliz y poderosa del mundo en el mejor momento de tu vida.  Te han visto con copas de más en ese cumpleaños que no olvidarás jamás o el día que el chico que te gustaba te plantó irremediablemente. Han pasado clases, novios, trabajos y siguen ahí.

A todos nos pasa, en algún momento nos desconectamos, nos perdemos en medio de la rutina, encontramos nuevos afectos, tenemos épocas “complicadas”. Pero casi siempre con las personas que realmente valen la pena encontramos la manera de ponernos al día, no nos olvidamos de devolverles la llamada o estar ahí cuando sabemos que están mal. Hacemos una pausa en nuestros deberes o múltiples ocupaciones para sentarnos y tomar un café sin mirar el reloj, sin  dejar que la llamada del trabajo o el novio interrumpan.

Pero qué tal si un día no encontrásemos esa pausa o nos diéramos cuenta que el otro no lo hace. Si por ahí la amistad se va escurriendo y cuando haces un análisis del último año te das cuenta que ese o esos que siempre fueron tus amigos no estuvieron en tu peor momento, sino que simplemente fueron alguien más en la cadena de personas a la que le contaste tus penas. Qué tristeza cuando un día te das cuenta que esa amistad solo vive de palabras y no de hechos. Eres consciente que tú también tienes tu cuota de responsabilidad porque en algún momento tiraste la toalla.

Esta es una invitación para hacer esa pausa y recordar. Recordar quiénes estuvieron ahí siempre y pensar en hace cuánto no les haces una llamada porque sí, no porque no tienes nada que hacer o estás aburrido. Recordar que la vida no es solo el novio o el trabajo. Sin embargo, recuerda también que en una amistad no puedes exigir. No puedes exigir que se preocupen por ti, que te inviten a su cumpleaños o que hagan un espacio en sus vidas para ti. Si te quieren, te quieren, no hay más, igual que tú a ellos.

La verdad a través del otro

A veces es necesario reconstruirte. A veces quisieras retroceder tan solo el tiempo y hacer como si nada hubiera pasado, volver a ser el de antes. Pero es imposible. Ya no eres el de antes, ya pasaron ciertos eventos en tu vida que te hacen diferente y probablemente mejor.

Me reuní con un ex algo, con el que nos alejamos hace un tiempo simplemente porque me di cuenta que la relación que teníamos había dejado de hacerme sentir bien. Nos volvimos a ver, en aras (por lo menos para mí) de recuperar la amistad. Lo hice muy segura que ya no sentía absolutamente nada de tipo romántico por él. Sin embargo, lo último que esperé fue lo que pasó.

Lo vi diferente (no sé si él también me vio diferente).  Sin juzgarlo, totalmente diferente a mí. Alguien que se siente bien y tranquilo con su vida, pero que no tiene absolutamente nada que ver con la mía. Hay varias cosas que no entiendo sobre sus principios o parámetros vivenciales -por decirlo de alguna manera- y sin embargo, ya no siento el interés que alguna vez tuve  en comprenderlos.

Tal vez me equivoco, tal vez no estaba diferente, simplemente que, por primera vez, lo veía tal cual era. Dentro de mi mundo, dejó de ser “especial”. Lo raro fue que no sentí pena (tal vez porque en estos meses me acostumbré a su ausencia o porque me colmó la decepción), lo único que sentí fue ganas de terminar con el momento que nos unía. Qué lejos quedaron los días en que las horas parecían volar y los temas de conversación se sobreponían uno sobre otro cuando estábamos juntos.

No sé si nos volveremos a ver alguna vez, si él habrá sentido la misma incomodidad que yo, creo que eso ya no es lo importante. Lo increíble de todo esto, fue que lo necesité a él para darme cuenta de lo diferente que me sentía yo.  De cómo el tiempo sirve para crecer, de cómo lo que antes no pude dilucidar en años, soy capaz de verlo en una semana o hasta en un día y tomar decisiones concretas.

Es cierto, que con el tiempo uno se vuelve más desconfiado o más atento o menos ingenuo. Pero también es cierto que a pesar de todo - es más, por encima de todo-, justamente ese creer que existe  ”algo” diferente, también hace que digamos “ya basta”, no me conformo.  Mejor mirar hacia adelante, que recoger las sobras del pasado.

Carta a una amiga

L,

No te escribí antes porque me era realmente difícil hablar sobre el tema. Me preguntaste cómo me iba. En realidad, hasta hace unas semanas hubiera respondido que bastante bien, disfrutando mucho de esta vida que tiende a sorprendernos en cualquier momento.

¿Recordarás a ese novio que tuve hace años con el que llegamos a comprometernos? Pues él volvió. Ya sabes que no me he pasado esperándolo, lo tenía en un cajón bastante olvidado, en realidad. Pero hizo renacer muchos sentimientos en mí. Siempre tuvo problemas (tú misma me lo dijiste alguna vez), pero esta vez parecía ser consciente de eso y había buscado ayuda. También me buscó a mí y me dijo que me amaba. Yo le creí y por ingenua pensé que era el momento para ser felices. Ya te imaginarás que nadie estuvo de acuerdo con esa decisión, pero como soy un tanto terca hice oídos sordos.

Sin embargo, tardé pocos días (ya no tuve la paciencia de años atrás) en darme cuenta que ese rollo del cambio nada tenía que ver conmigo. Puede que quiera cambiar, pero en ese plan no estaba incluida nuestra relación. El seguía siendo el mismo hombre que dejé hace años cuando me quité la venda: alguien al que le es imposible pensar de a dos. De verdad me esforcé, Dios sabe que lo hice, pero me estaba dañando en el intento y olvidándome de quién soy yo realmente.

Lo confronté y fue claro: No puedo, me dijo. Y así, sin más, destruyó todas las ilusiones que inventé para los dos. Él no quería a su lado a una mujer con la que compartir. Quería una muñeca que lo esperara cuando él lo quisiera y cuando él la necesitase, que lo acompañara cuando se sintiera solo y desapareciera cuando recibiera invitaciones. Creo que nunca realmente pensó en mí, porque nada de lo poco que le pedía era sorpresa, él ya me conocía. Durante esos pocos días a su lado me engañé y terminé sintiéndome totalmente vacía. Iba del paraíso al infierno en tan solo minutos.

Pedí algunas opiniones, quería estar segura de no cometer un error al dejarlo. Pero un amigo tuvo la sinceridad suficiente: Él ha regresado diciéndote lo inestable que es emocionalmente y pretende mantener una relación contigo. ¿Quién eres? ¿La Madre Teresa?

Creo que siempre supe que no podía  ser pero quise creer. Y probablemente por eso siento todo esto, porque realmente le creí. Han pasado algunos días y comienzo a sentirme mejor, a recuperar lo que tenía antes que él hiciera su gran acto de aparición. No pienso volver a verlo, es mejor así, aunque duela. Hay cajones que es necesario cerrar y tirar la llave. Acabo de hacerlo y aunque no puedo decirte que soy feliz, por lo menos he recuperado la tranquilidad. Ojalá pueda escribirte pronto y decirte que he vuelto a ser la de antes.

No dejes de escribirme, gracias a Dios en todo esto no me he sentido sola y tú eres parte de eso aunque estés lejos.